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Atacama: paisajes naturales que fascinan al viajero

La región de Atacama cautiva a los visitantes con su variada fisonomía y la amabilidad de su gente, dejando en ellos recuerdos imborrables.

Dicen los cronistas que la historia de Chile comenzó a forjarse aquí, en la actual región de Atacama, en octubre de 1540. Aquellos aventureros que venían del Virreinato del Perú vieron un paisaje duro y sobrecogedor que aún asombra a quienes lo recorren.

Si se sigue el recorrido de los conquistadores, descendiendo desde las altas cumbres de la cordillera de los Andes se inicia un viaje sorprendente por un agreste paisaje que enmarca un ecosistema altoandino, donde salares, lagunas, bofedales y vegas dan vida a una singular fauna silvestre.

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Salares, lagunas, bofedales y vegas forman parte de los paisajes de Atacama.

Salares, lagunas, bofedales y vegas forman parte de los paisajes de Atacama.

La ruta desde este ecosistema altoandino conduce hacia el oeste hasta las aguas del océano Pacífico, interrumpida por el árido desierto de Atacama. Allí, la acuarela de los salobres cerros suele cambiar cuando la sequedad del desierto concede una pausa y, junto a inusitadas lluvias primaverales, dan lugar a una interminable cubierta florida cuyos colores hacen inolvidable la mirada a las llanuras y las faldas de los cerros. Se trata de un espectáculo único al que se llama Desierto Florido y que los visitantes no deben perderse.

Cuando el itinerario por la región de Atacama se aproxima a la costa, fenómenos climáticos y oceanográficos dan paso al desierto costero, plagado de caletas, pequeñas playas de arenas blancas y aguas de color turquesa.

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En Atacama, un agreste paisaje enmarca un ecosistema altoandino, dando vida a una singular fauna silvestre.

En Atacama, un agreste paisaje enmarca un ecosistema altoandino, dando vida a una singular fauna silvestre.

Valles, mar y pueblos originarios de Atacama

Hacia el interior del territorio, los deshielos cordilleranos alimentan con sus aguas a los ríos Huasco y Copiapó, tiñendo de verde los fértiles y hermosos valles transversales cuyo contraste con la aridez del desierto asombra a quienes los recorren.

Los valles transversales también son un escenario muy atractivo, ya que costumbres, historias y tradiciones locales sobreviven en poblados y ciudades, y en sus monumentos y edificaciones, levantados por hombres y mujeres que cimentaron la región y su forma de vida hasta la actualidad.

Hacia el sur, casi en el límite con la región de Coquimbo, el recorrido hacia la costa se adentra en el mar, donde es posible observar una fauna marina dominada por la presencia –entre noviembre y marzo– de las imponentes ballenas; un espectáculo natural que merece la pena ser apreciado.

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Hacia el sur de Atacama es posible observar –entre noviembre y marzo– a las imponentes ballenas.

Hacia el sur de Atacama es posible observar –entre noviembre y marzo– a las imponentes ballenas.

Comunidades y minería

El desierto de Atacama y sus millones de años de formación del paisaje y evolución de sus especies biológicas conforma un escenario natural donde siglo tras siglo las comunidades humanas fueron ganando protagonismo. Con el paso del tiempo prepararon a la región para las actividades productivas que hasta hoy son motor de su desarrollo.

Las culturas que han habitado Atacama han dejado a su paso innumerables vestigios por descubrir, interpretar y admirar. De ello dan cuenta sus pueblos originarios, los collas y los diaguitas, que aún son culturas vivas dignas de conocer.

Pero también Atacama esconde en sus entrañas la riqueza mineral que ha marcado su historia y la de Chile. A lo largo de los últimos siglos, la soledad del Desierto de Atacama y los ciclos de bonanza y depresión mineras han dejado huellas en el paisaje y en su gente. La minería es Atacama y su pueblo. Su historia minera es también la historia de su patrimonio cultural que, a fuerza de exploraciones, descubrimiento y agotamiento de sus vetas minerales, ha marcado los ritmos de decadencia o esplendor urbanos, y su desarrollo social, político y cultural.

El agreste paisaje de tierra, rocas y escaso verde, con sus atardeceres de un rojo purpúreo inolvidable, se marca hasta hoy en el carácter de quienes lo habitan, gente de aspecto duro y corazón amable, que encanta a quienes visitan el territorio.

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