El sueño siempre pasa por conocer lo lejano, lo exótico, aquello de lo que tenemos referencia solo por libros, fotografías o comentarios de amigos y otros viajeros.
Pero qué pasa con esos destinos que prácticamente conviven con uno mismo. Cuántos de nosotros nos dimos la posibilidad de ser turistas en la ciudad que vivimos. Arrancarle el ropaje rutinario y convertir a la urbe en un destino turístico, caminarla, recorrerla, conocer sus museos, sentarse a descansar en la costanera del río o por qué no, andarla y desandarla en bicicleta.
A medida que pasan los años el círculo de lo “conocido” se expande. Siendo niño no supera los límites de la casa, el barrio, el pueblo. De ahí en más, cualquier transgresión se convierte en una aventura. Un viaje a Necochea, luego uno a Mar del Plata, más tarde otro a Termas de Río Hondo.
Lo cotidiano es abierto y flexible. Un espacio donde van cabiendo cosas –ciudades y destinos en este caso–. Pero a medida que se va agrandando, también va elevando las expectativas. Lo cierto es que uno quiere cada vez más, eso no es ningún secreto; y en esa ambición lo que quedó atrás tiende a perderse.
En la góndola de lo pendiente había quedado Rosario.
Vivo a 300 km. de esa ciudad santafesina. Tuve la suerte de viajar por Argentina, por América, por Europa también, seducido por lo exótico y lejano.
Este año estuve en Rosario. Cercano, familiar, casi olvidado. Recordado justo a tiempo.
A RODAR MI AMOR.
Envalentonados por un par de participaciones en la Masa Crítica –una bicicleteada masiva que se hace cada primer domingo de mes en la ciudad de Buenos Aires–, junto a mi novia decidimos encarar Rosario a bordo de dos ruedas.
La oferta de bicicletas no es vasta, pero dado que la visita fue en temporada baja no nos costó dar con una alquiladora. Conversamos un poco, dejamos los documentos a modo de garantía y antes de salir a rodar, la dueña de los vehículos nos exigió: “Vuelvan antes de las 7, que esta noche tengo que ir a ver a Gasalla al teatro”.
El itinerario del recorrido se fue haciendo sobre la marcha. Si bien teníamos algunos highlights de la ciudad no sabíamos por dónde empezar, y mucho menos en qué sitio nos iba a encontrar la última parada.
Por cercanía, comenzamos en la vieja estación del Ferrocarril Central Córdoba. Emplazada en lo que ahora es el parque Hipólito Yrigoyen, esta imponente terminal ferroviaria del siglo XIX dio nombre al club de fútbol del barrio, Central Córdoba, cuyo estadio se levanta a pocos metros de las vías.
Si bien la fachada ha sido objeto de consignas partidarias, la parte trasera de la estación conserva intacta la arquitectura y el espíritu ferroviarios de las épocas doradas del tren.
El extenso andén concluye a la izquierda en la plaza Ernesto Guevara, donde se erige el Monumento al Che, una estatua realizada en bronce por el escultor Andrés Zerneri, que trabajó a partir de la recolección de llaves y objetos de bronce donados en Argentina y otros países.
La figura del revolucionario se alza sobre un pedestal y está rodeada por un sendero trazado con adoquines y durmientes que simbolizan el camino del Che en Latinoamérica.
HACIA EL RIO.
Urgidos por la necesidad de seguir tachando sitios turísticos en el mapa de la ciudad, partimos rumbo a la costanera. Luego de atravesar la estación fluvial, el Monumento a los Caídos en Malvinas y la feria de Artesanos, desensillamos en el máximo ícono de Rosario, el Monumento Nacional a la Bandera.
Este verdadero ensayo de arquitectura monumental se alza sobre el sitio donde Manuel Belgrano izó por primera vez la Bandera Nacional, el 27 de febrero de 1812.
Ocupando una superficie de 10 mil m², esta obra completamente revestida en mármol travertino simboliza la nave de la patria navegando hacia un futuro de grandeza.
La Proa, con su torre de casi 70 m., rememora la gesta de Mayo de 1810; la escalinata del Patio Cívico representa el esfuerzo realizado por los patriotas en busca de la organización del estado; mientras que el Propileo Triunfal de la Patria evoca el espíritu de confraternidad de los pueblos del continente.
El Pasaje Juramento une el Monumento a la Bandera con el casco histórico de la ciudad, atravesando espejos de agua en desniveles donde pueden observarse esculturas de la artista Lola Mora.
Tras recorrer brevemente el conjunto de edificios fundantes de Rosario, entre los que se destacan el Palacio de los Leones, sede del gobierno municipal, la Catedral y el Correo Central, retomamos el paseo de la costanera.
Luego de travesar los antiguos galpones del puerto, sede en la actualidad del Centro de Expresiones Contemporáneas (CEC), un espacio dedicado a las manifestaciones artísticas de los jóvenes; nos topamos de lleno con el parque España, que despliega paseos y altas escalinatas sobre la ribera céntrica, y expresa la identidad de Rosario como ciudad abierta al río.
Para continuar el recorrido debemos atravesar el túnel Arturo Illia, un antiguo paso de trenes de carga que hoy está abierto al tránsito y comunica el centro y el norte de la ciudad por debajo del parque España.
De inmediato, la travesía subterránea –rica en adrenalina, por cierto–, nos deposita en los coloridos silos cerealeros que albergan al Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (Macro), dueño de la más importante colección argentina del rubro, y hogar de los cinco grabados de Antonio Berni de la serie de Juanito Laguna, entre otras obras de relevancia internacional.
LA VUELTA.
Promediando la tarde llegamos al estadio del Club Atlético Rosario Central. Desde allí, apurados por la hora –me martillaba en la cabeza el hecho de que la dueña de las bicicletas tenía que asistir al teatro– emprendimos el regreso.
El retorno nos llevó por el barrio del Club Argentino de Rosario; el parque Scalabrini Ortiz, donde se desarrollaba una barrileteada masiva; y el bulevar Oroño, antigua y señorial doble vía donde se alzan mansiones y residencias que reflejan la opulencia de fines del siglo XIX y principios del XX.
Finalmente concluimos en el parque de la Independencia, el espacio verde más grande y tradicional de la ciudad proyectado en 1900 por el paisajista Carlos Thays.
En su gran extensión, este emblemático pulmón de Rosario cobija al predio ferial, el hipódromo, el rosedal y el estadio de Newell's Old Boys, cuyas tribunas aquel domingo ardían al ritmo de las oraciones de miles de fieles que participaban de un encuentro regional de los testigos de Jehová.
Unos mates, un banco y una sombra sirvieron para relajarnos.
Seis y media de la tarde devolvimos las bicicletas, con la satisfacción de haber conocido Rosario desde otro lado, y la tranquilidad de saber que la dueña de los rodados llegaría a tiempo a ver el espectáculo de Antonio Gasalla.
A LA ESPAÑOLA.
El puerto, el fútbol, el ferrocarril, las sociedades y clubes sociales, todo en Rosario tiene un origen vinculado a las primeras camadas de inmigrantes que llegaron de una Europa de heridas abiertas.
Uno de los efectos de la oleada de ibéricos es la sede del Club Español.
Declarado Monumento Histórico Nacional, este edificio fue inaugurado en 1916 siguiendo las líneas del modernismo catalán. Su fachada, la escalera, el lucernario y sus vitreaux lo convierten en una auténtica joya de la arquitectura local.
Formidables trabajos artesanales en hierro, azulejos y mosaicos, además de la puerta principal, que es una invitación al descubrimiento de figuras, detuvieron nuestro paso promediando la calle Rioja. En menos de un minuto nos encontramos sentados en una mesa de un restaurante detenido en los albores del siglo XX.
Nos acomodamos cerca del inmenso ventanal principal, donde las luces de neón de la calle se bifurcaban de acuerdo a los caprichos del vitreaux.
De pronto apareció el mozo, que muy atento nos invitó a escoger otra mesa, dado que aquella era ocupada desde hace 16 años por los mismos comensales, que en cualquier momento iban a llegar. “Cosas del jefe”, se disculpó.
Aceptamos las condiciones.
Pedimos un malbec y decidimos compartir una paella. “¿Alcanzará para los dos?”, le pregunto. “Pibe, vos siempre fijate en el precio del plato”, se limitó a contestarme, y agregó: “Les traigo unas rabas para ir picando, unas empanaditas que les regalo y con eso estamos. Después vemos algún flancito o budín de pan, que están muy buenos”.
La cena debe haberse extendido por lo menos dos horas y los de la mesa del ventanal nunca llegaron. En ese transcurso entablamos una conversación amena con aquel hombre. Hablamos sobre ese lugar maravilloso que es el Club Español. Nos aseguró que por allí habían pasado García Lorca, el filósofo Ortega y Gasset y otros tantos. También dijo llamarse Rubén y ser “referí ya retirado”, haber participado activamente en la política del sindicato y haber arbitrado, esa misma tarde, seis partidos de fútbol 7. “Me gusta ir a dirigir, me puteo con los muchachos, me siento vivo.”
Antes de retirarnos nos recomendó pasar por El Cairo a tomar un café y visitar la Mesa de los Galanes, mítico paraje obligado del recordado Negro Fontanarrossa.
A LA ROSARINA.
La últimas horas en Rosario las dedicamos casi exclusivamente a hacerle honor a uno de los clásicos de la gastronomía local.
Cualquiera que se jacte de haber visitado la ciudad santafesina no puede obviar la visita a una parrilla de pescados. Nosotros elegimos el Club del Este, un comedor de innumerables mesas ubicado en el balneario municipal La Florida, una amplia playa de la ribera norte adoptada por los rosarinos desde fines del siglo XIX como su lugar para hacer playa y deportes acuáticos.
Siempre vigilados por la presencia magnánima del puente que une Rosario y Victoria, a bordo del cual los camiones no parecen más que reproducciones en miniatura, caminamos la costanera hasta hallarnos en la zona de las pescaderías.
Los puestos invitan al consumidor con sus gancheras a la calle, donde lucen las piezas de dorados, surubíes, bogas, lenguados y pacúes.
Aquí se respira el verdadero aroma de lo que ofrece el río Paraná, en toda su dimensión.
Aledaño a los kioscos, las mozas del Club del Este chocan entre sí para satisfacer las urgencias de los comensales, que se cuentan por cientos.
Hay que pedir turno para una mesa, pero vale la pena esperar. Medio dorado a la parilla con una ensalada de lechuga y tomate es un manjar mucho más que suficiente para estos viajeros, que como último recuerdo se traerán el sabor de una buena parrillada rosarina.
Un paseo en bicicleta a orillas del Paraná
De los antiguos resabios arquitectónicos del ferrocarril al moderno Monumento Nacional a la Bandera, del Monumento al Che al extenso paseo de la ribera, de los espacios verdes a los estadios de fútbol y de la gastronomía heredada de los inmigrantes gallegos a un típico plato del litoral argentino; todo en Rosario y todo a bordo de una bicicleta.
El Monumento a la Bandera es el ícono de la ciudad.
El andén de la vieja estación del FFCC Central.
Los silos cerealeros que alojan al Macro.
El dorado a la parrilla, plato típico de Rosario.
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