El hombre está de paso por esta ciudad, y lo lamenta. En sólo tres días muchas fueron las experiencias que avivaron su espíritu con música, arte y una variada vida nocturna. El turista, de paso por Filadelfia, decidió gastar sus últimas horas en una mesita de un pintoresco Byob. Es decir, en un "Bring Your Own Bottle" (traiga su propia botella), un tipo de restaurante que permite a sus comensales llevar sus propias bebidas alcohólicas. La cerveza viene perfecta para acompañar el enorme plato de quesos que tiene enfrente; mientras tanto, mira al horizonte, de cara al río Delaware. Sin embargo no son las aguas las que acaparan su atención, sino los recuerdos de una ciudad que le despertó, durante su corta estadía, aquellas fibras íntimas más conectadas con la emotividad.
Antes que nada, ubiquemos a Filadelfia en el espacio y el tiempo. Situada en el estado de Pennsylvania, es, en población, la segunda ciudad más importante de la Costa Este de los Estados Unidos. Fue fundada en 1862 por William Penn, un cuáquero inglés a quien el rey Carlos II concedió una parcela de tierra de 1.820 acres, entre los ríos Delaware y Schuylkill. Por ese entonces, Penn se obstinó en materializar su sueño de crear una colonia basada en la libertad religiosa, con cierto aire campestre. Debido a la ubicación sobre la costa atlántica y su accesibilidad, Filadelfia creció rápidamente en el siglo XVIII y llegó a ser la segunda urbe en el mundo de lengua inglesa. Posteriormente, la historia de Filadelfia entre 1764 y 1800 quedó íntimamente ligada a la Revolución Americana y al surgimiento de esta nueva nación.
De todos modos, es recomendable dejar de lado los datos e introducirse en los latidos de este corazón llamado Filadelfia.
La cultura, con espacios propios.
Filadelfia es una ciudad con un fuerte sesgo europeo. No por nada es escenario de perlitas como la Barnes Foundation, entidad que alberga una de las más refinadas colecciones privadas de la pintura moderna, con piezas de Renoir, Cézanne, Matisse, Picasso, Seurat, Modigliani, Monet, Manet y Degas.
Como la pintura, la música en Filadelfia se mete hasta por los poros de la piel. Muestra de ello es la iluminada calle Broad (también denominada Avenida de las Artes), de cuyas aceras cuelgan más de 20 complejos de ópera, ballet, jazz y música de orquesta, teatro y comedia musical. Allí se erige el flamante Kimmel Center, inaugurado en 2001. Caracterizado por su imponente estructura de vidrio, el complejo alberga un auditorio especialmente construido para la Orquesta de Filadelfia. Este centro es también hogar de ocho compañías, incluyendo a Peter Nero y los Pilly Pops, Philadanco y la Orquesta Chamber de Filadelfia.
Un paso atrás en el tiempo.
La historia, al igual que el arte, ocupa una posición de privilegio en la vida de Filadelfia. Allí se ubica, por ejemplo, el Independence National Historical Park, también calificada como "la milla cuadrada más importante en la historia de los Estados Unidos". Y no es para menos, ya que el parque ostenta dos de los símbolos con más peso en la historia de la Unión: The Liberty Bell (la Campana de la Libertad, que en otros tiempos sonara para congregar a los ciudadanos, incluyendo el momento en que se leyó por primera vez la declaración de la Independencia); y el Independence Hall (el sitio donde tuvo lugar el nacimiento de la nación, cuando un grupo de colonizadores rebeldes adoptó la declaración de la Independencia de Thomas Jefferson, el 4 de julio de 1776).
Para todos los gustos.
Ahora bien, Filadelfia no sólo es sinónimo de arte, cultura e historia. Tanto estímulo para los sentidos se manifiesta también en sus espacios dedicados a la gastronomía.
Basta recorrer Old City, barrio conocido por albergar a los más destacados restaurantes de la ciudad. Entre los recomendados figuran Buddakan, Tangerine y Alma de Cuba, todos ellos pertenecientes al empresario gastronómico Stephen Starr.
Por último, quién puede resistirse a la tentación de un "revival" de los ´70 y los ´80. Atendiendo a esta necesidad, el Polly Esther´s and The Culture Club funciona como un bar-discoteca, con una pista de baile al estilo "Fiebre de Sábado por la Noche", donde es posible ver cómo los nostálgicos zamarrean sus esqueletos, despreocupándose por completo de aquellos kilos de más que va dejando el paso del tiempo.
Antes que nada, ubiquemos a Filadelfia en el espacio y el tiempo. Situada en el estado de Pennsylvania, es, en población, la segunda ciudad más importante de la Costa Este de los Estados Unidos. Fue fundada en 1862 por William Penn, un cuáquero inglés a quien el rey Carlos II concedió una parcela de tierra de 1.820 acres, entre los ríos Delaware y Schuylkill. Por ese entonces, Penn se obstinó en materializar su sueño de crear una colonia basada en la libertad religiosa, con cierto aire campestre. Debido a la ubicación sobre la costa atlántica y su accesibilidad, Filadelfia creció rápidamente en el siglo XVIII y llegó a ser la segunda urbe en el mundo de lengua inglesa. Posteriormente, la historia de Filadelfia entre 1764 y 1800 quedó íntimamente ligada a la Revolución Americana y al surgimiento de esta nueva nación.
De todos modos, es recomendable dejar de lado los datos e introducirse en los latidos de este corazón llamado Filadelfia.
La cultura, con espacios propios.
Filadelfia es una ciudad con un fuerte sesgo europeo. No por nada es escenario de perlitas como la Barnes Foundation, entidad que alberga una de las más refinadas colecciones privadas de la pintura moderna, con piezas de Renoir, Cézanne, Matisse, Picasso, Seurat, Modigliani, Monet, Manet y Degas.
Como la pintura, la música en Filadelfia se mete hasta por los poros de la piel. Muestra de ello es la iluminada calle Broad (también denominada Avenida de las Artes), de cuyas aceras cuelgan más de 20 complejos de ópera, ballet, jazz y música de orquesta, teatro y comedia musical. Allí se erige el flamante Kimmel Center, inaugurado en 2001. Caracterizado por su imponente estructura de vidrio, el complejo alberga un auditorio especialmente construido para la Orquesta de Filadelfia. Este centro es también hogar de ocho compañías, incluyendo a Peter Nero y los Pilly Pops, Philadanco y la Orquesta Chamber de Filadelfia.
Un paso atrás en el tiempo.
La historia, al igual que el arte, ocupa una posición de privilegio en la vida de Filadelfia. Allí se ubica, por ejemplo, el Independence National Historical Park, también calificada como "la milla cuadrada más importante en la historia de los Estados Unidos". Y no es para menos, ya que el parque ostenta dos de los símbolos con más peso en la historia de la Unión: The Liberty Bell (la Campana de la Libertad, que en otros tiempos sonara para congregar a los ciudadanos, incluyendo el momento en que se leyó por primera vez la declaración de la Independencia); y el Independence Hall (el sitio donde tuvo lugar el nacimiento de la nación, cuando un grupo de colonizadores rebeldes adoptó la declaración de la Independencia de Thomas Jefferson, el 4 de julio de 1776).
Para todos los gustos.
Ahora bien, Filadelfia no sólo es sinónimo de arte, cultura e historia. Tanto estímulo para los sentidos se manifiesta también en sus espacios dedicados a la gastronomía.
Basta recorrer Old City, barrio conocido por albergar a los más destacados restaurantes de la ciudad. Entre los recomendados figuran Buddakan, Tangerine y Alma de Cuba, todos ellos pertenecientes al empresario gastronómico Stephen Starr.
Por último, quién puede resistirse a la tentación de un "revival" de los ´70 y los ´80. Atendiendo a esta necesidad, el Polly Esther´s and The Culture Club funciona como un bar-discoteca, con una pista de baile al estilo "Fiebre de Sábado por la Noche", donde es posible ver cómo los nostálgicos zamarrean sus esqueletos, despreocupándose por completo de aquellos kilos de más que va dejando el paso del tiempo.

