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Cultura

Un viaje al pasado remoto

Ir de un sitio a otro es común, pero no lo es de una época a otra. Recorrer los yacimientos arqueológicos del Norte Argentino es acceder a vestigios de eras pasadas, asomarse a una historia ancestral pletórica de vida. Es una invitación a conocer la realidad de culturas hoy desaparecidas que, aunque desplazadas, sojuzgadas y castigadas, se filtran por los recovecos de la historia para demostrar que si se mira bien, ese pasado sigue allí presente.

Algunos empleados del museo sonríen, entre cándidos y traviesos; otros en cambio lo admiten por lo bajo con total seriedad. Cada vez que se abren las cámaras frigoríficas especiales y se comienza a manipular a los “niños” se corta el suministro eléctrico. Es un efecto para el que no hay explicación, que dura unos pocos minutos y que se produce por más que todos los involucrados guarden el debido respeto y en el interior de sus almas hayan pedido “permiso”. Pero sucede casi invariablemente cada seis meses, cuando una de las momias del Llullaillaco es retirada de la exposición en el Museo de Arqueología de Alta Montaña (MAAM), de Salta, y sustituida por otra. Esa magia, esa mística, a siglos de distancia sigue presente. Y no solo en esa institución donde se exponen y se repasa la historia del maravilloso descubrimiento del Llullaillaco (ver aparte), sino impregnando todo el Noroeste, colándose en las calles de cada comunidad, en el espíritu de cada descendiente de aquellos pueblos originarios y en los silenciosos restos que hablan de un pasado distinto.
Aun la geografía moderna, de casas de cemento, rutas de asfalto y cables que lo atraviesan todo, ve salpicado su paisaje de vestigios de otras épocas, de cuando el Norte Argentino era un hervidero de pueblos y etnias. Porque no todo lo antiguo que se ve es incaico.
Cuando Cristóbal Colón arribó a América por primera vez, en 1492, el inca Tupác Yupanqui consolidaba la incorporación del Norte al imperio, al Tawantinsuyu. Tras casi dos décadas de guerras, anexiones y expansión, el gobernante pudo conformar la Provincia del Sur, el Collasuyu.
Así los incas se impusieron a un nutrido grupo de pueblos que habitaban la zona desde hace 12 mil años y con los cuales tenían una relación de simbiosis, porque comerciaban con ellos, eran sus clientes y sus proveedores, los influenciaban con su cultura y se veían modificados por la de ellos.
Los vestigios de la cultura más antigua con cierto grado de desarrollo del Norte Argentino tienen 4 mil años de antigüedad y corresponden a las pinturas rupestres halladas cerca de El Saladillo, a pocos kilómetros de Cachi, provincia de Salta.
Algunos de esos pueblos son hoy innominados y se los conoce sencillamente por el nombre del sitio donde se hallaron los restos. Así surgieron las culturas de Santa María o La Aguada, por ejemplo. Las crónicas españolas y unos pocos retazos de historia local de los propios pueblos originarios, en otros casos, nos permiten conocer los nombres y ubicaciones. Así sabemos que en el extremo norte de nuestro país, casi sobre la frontera con Chile, vivían los apatamas. La quebrada era el territorio de los omaguacos (término que deformado hoy bautiza ese escenario), y finalmente, de Salta a Catamarca, en un amplio abanico se ubicaba una familia común de etnias pero divididas en tres ramas: los diaguitas, los calchaquíes y los capayanes. El rasgo común más fuerte es que estas tres últimas hablan una lengua madre: la cacana. Una crónica española de la conquista, escrita por el padre Pedro de Lozano, recuerda que este idioma es “armonioso y dulce, pero con enormes dificultades en la pronunciación”. “A tal punto que solo lo entiende quién lo mamó de leche, porque es en extremo arrevesado y forma sus voces solo en el paladar”, concluye el testimonio.
Con una fortísima raigambre en la tierra, todos estos pueblos vivían de la naturaleza y sus cultivos. Criaban guanacos y sembraban la tierra en sistemas de terrazas. Fabricaban sus armas en bronce y eran habilidosos alfareros. Construían sus viviendas y poblados en piedras y los techaban con paja, ramas y barro.

Tres décadas resistieron el embate de los incas y mantuvieron su espíritu indómito ante la conquista española, protagonizando rebeliones violentas, siguiendo el liderazgo de diversos curacas (caciques) como Viltipoco, Pedro Chumay y Juan Calchaquí, entre otros.

DE RUTAS Y CAMINOS.

Como parte de la misma geografía y de la misma unidad cultural, es posible engarzar cada uno de los yacimientos arqueológicos más importantes, recorriendo la zona de sur a norte, por ejemplo. En ese caso, la primera escala debería ser el Pueblo Perdido de la Quebrada. Saliendo de San Fernando del Valle de Catamarca, por la Ruta Provincial (RP) N°4, a menos de 10 km., se encuentran las ruinas de un pueblo (casas, calles, corrales) de la denominada Cultura de La Aguada.

Partiendo hacia el sudoeste, la Ruta Nacional (RN) N°38 conduce al cruce con la RN N°60, casi sobre la frontera entre Catamarca y La Rioja. Tomando hacia el oeste, la cinta asfáltica va “subiendo” a la Puna catamarqueña. Cerca del cerro Negro, la 60 se cruza con la RN N°40, que permite tomar hacia el norte. Así se arriba a Londres, la ciudad más antigua de la provincia, con más de 400 años de historia pero que además fuera víctima, justamente, de una rebelión indígena. Cerca de allí se localizan las ruinas de El Shinkal. Se trata en este caso de un poblado incaico, construido como escala en el Camino del Inca que llegaba hasta Mendoza, al sur. El complejo consta de casas, plazas, corrales y escalinatas que conducen a dos centros ceremoniales en la cima de sendos cerros. Esto se relaciona con la noción de que las montañas eran puntos de contacto, adoración y relación con los dioses, y así lo confirmó el hallazgo de Llullaillaco (ver aparte). Las crónicas españolas cuentan que en El Shinkal fue descuartizado el curaca Juan Chalimín, líder de la rebelión que incendió Londres, en 1632.
Siguiendo por la RN N°40 hacia el norte, arribaremos a Santa María. Sin embargo antes es posible conocer diversos yacimientos menores pertenecientes todos a la denominada cultura santamariana. Se trata de Loma Rica y Ampajango.
Más al norte está Fuerte Quemado, que no solo da nombre a una población moderna, sino a un conjunto de restos arqueológicos. Es posible ver en el llano recintos derruidos, muros bajos perimetrales y plazas. Y en los cerros circundantes (un total de cinco) se encuentran torres cilíndricas y murallas protectoras. Al pie de las lomadas hay cementerios que han sido saqueados hace décadas.

CON LA RUTA 40 COMO EJE.
Tras Fuerte Quemado, avanzando hacia el norte, la 40 se cruza con la RP N°307, que hacia el este nos conduce hasta Amaicha del Valle, ya en la provincia de Tucumán. En esa localidad se encuentra el Museo de la Pachamama, obra del artista y artesano local Héctor Cruz, que no deja de ser una lectura e interpretación moderna de aquel pasado. Si de buscar vestigios originales se trata, se debe seguir por la RP N°307, pasando por el Abra del Infiernillo, hacia el sudeste, a Tafí del Valle. Allí se levanta un museo local, pero a quince minutos más de viaje se localiza la Reserva Arqueológica Los Menhires. En ese punto se atesoran los pocos restos que queda de una ancestral cultura, anterior incluso a las etnias que llegaron a conocer los españoles cuando arribaron a la zona. El problema es que el parque fue creado por el gobernador de facto general Antonio Bussi, que ordenó en 1977 traer los monolitos de sus ubicaciones originales y distribuirlos bajo su criterio en los terrenos del parque. La acción predatoria les restó toda la importancia simbólica y mágica que tenían devenida de su posicionamiento. De todos modos es interesante admirar aquellos vestigios.
Retomando la 307 hacia el norte, volviendo y superando Amaicha, y cerca de la confluencia con la Ruta 40, se llega a las ruinas de Quilmes, uno de los yacimientos más importantes de la región.

QUILMES.
”Las ruinas nos parecían al principio vizcacheras descomunales porque vistas a la distancia se presentaban como montones de escombros con sus entradas correspondientes; pero luego de penetrados a lo edificado comprendimos lo que había, pues todo ello era una serie de casuchas de piedra apiñadas como panales de una colmena de suerte que con la mayor facilidad y sin el menor riesgo marchábamos a caballo sobre la cima de las murallas (que en parte tenían dos varas, y en lo general más de una de ancho). De trecho en trecho llegábamos a unas sendas angostas que parecían calles”, la descripción de las ruinas de Quilmes proviene del libro “Londres y Catamarca”, escrito por el arqueólogo y explorador Samuel Alejandro Lafone Quevedo, considerado el descubridor del yacimiento, allá por 1888.
Los entendidos aún no se ponen de acuerdo si los indios quilmes fueron efectivamente los constructores de este poblado o, simplemente, se instalaron allí cuando estuvo vacío y lo utilizaron como una suerte de reducto, de última defensa ante el embate español. Como fuere, las ruinas hoy son denominadas Quilmes y en su momento de mayor esplendor, allá por el 800 de nuestra era, llegaron a contar con 3 mil personas como habitantes del ejido urbano y otras 10 mil en sus alrededores. Las ruinas fueron parcialmente reconstruidas, por lo que es posible apreciarlas con claridad. En la falda del cerro se encuentran las residencias mientras en la cima está la fortaleza (el pucará), que servía a la vez como puesto de observación y de defensa. En ese sitio se rindieron los 1.700 últimos sobrevivientes de la etnia quilmes al invasor español, que aplicó con ellos una vieja estrategia política de los incas: el extrañamiento. Se obligó a este pueblo a dejar sus tierras ancestrales y desplazarse hacia el sur a miles de kilómetros. Unos 400 quilmes llegaron finalmente al sur de la Ciudad de Buenos Aires donde se asentaron y siglos después le darían el nombre al partido del Conurbano.

DE QUILMES A TASTIL.
”Uno de los elementos que vertebraron la economía y política (también la ideología) implementada por los Inkas a lo largo de los Andes fue la utilización de vías de comunicación y transporte. Los caminos representaban el complejo sistema administrativo, uniendo regiones densamente pobladas con las despobladas, zonas de producción con centros de consumo, movilizando productos, mano de obra al servicio del estado (mitayos), ejércitos, dirigentes de alto rango jerárquico, productos suntuarios, poblaciones trasladadas, etcétera”, escriben los arqueólogos Christian Vitry, integrante del staff del Museo de Arqueología de Alta Montaña y docente de la Universidad Nacional de Salta, y Antonio Mercado Sáenz, del Museo Arqueológico de Cachi “Pío Pablo Díaz”, en su trabajo “Estudio de los caminos arqueológicos rituales en el Nevado de Cachi”.
Esta vertebración de los caminos se traduce hoy en poder recorrer la RN N°40, eje de los Valles Calchaquíes y que fuera trazada sobre el viejo Camino del Inca. De modo que saliendo desde Quilmes y hacia el norte, es posible a cada paso, casi a cada pueblo, conocer pequeños yacimientos arqueológicos. La lista integra a las ruinas de Condorhuasi, a 8 km. al oeste de Colalao del Valle; las de Tolombón, al pie de la Sierra de El Cajón; las de Angastaco, donde hay dos pucarás; las de El Churcal, entre Seclantás y Molinos; La Paya, a 12 km. de Cachi; las de Payogasta, acaso el más aislado de los yacimientos arqueológicos de la zona; y las de La Poma.
El pequeño pueblo de Muñano, que no supera los 200 habitantes, marca un punto de inflexión. Allí, hacia el sudeste parte la RN N°51 que nos conducirá hacia otro conjunto de ruinas y vestigios.

TASTIL.
Incahuasi es el primer yacimiento que surge desandando la RN N°51. Subiendo por una senda que trepa hasta el Abra del Gólgota, se localiza otro “tambo” (centro de acopio y producción agrícola) incaico pequeño. Es el mejor entremés ante el otro gran yacimiento de los Valles Calchaquíes: Tastil.
Lo que más asombra al llegar a este sitio es el silencio, el omnipresente silencio solo alterado por el sutil ulular del viento.
Las ruinas fueron halladas a principios del siglo XX por el sueco Eric Boman, pero fueron extensamente estudiadas en la década del 60 por un equipo de arqueólogos de la Universidad Nacional de La Plata comandado por Eduardo Cigliano.
En realidad, Tastil es el más importante de una serie de pequeños sitios aledaños situados en Puerta Tastil, Morohuasi, Pie del Acay, Pie del Paño y Potrero. Este conjunto, dividido entre centros urbanos propiamente dichos y sitios de acopio y producción agrícola, albergó en su época a un total de 3 mil habitantes, de los cuales 2 mil vivieron en Tastil. El sitio consta de 2,5 km. y en su época de máximo esplendor fue capital de un estado autónomo, bautizado por los arqueólogos como Señorío de Tastil. Entre sus vestigios se encontraron pruebas de un comercio fluido y sólido que intercambiaba elementos de diverso origen, productos de la Puna pero aún también de la lejana costa del Pacífico y las selvas del este. Esta organización entró en decadencia y cuando los incas invadieron el territorio, los habitantes de Tastil habrían sido castigados con el extrañamiento. En consecuencia el asentamiento ya estaba abandonado cuando arribaron los españoles.

HASTA TILCARA Y MAS ALLA.
Curiosamente, para poder seguir al norte, debemos tomar la RN N°51 hacia el sudeste. El camino describe una amplia medialuna y nos introduce en la Ciudad de Salta. Desde allí se debe tomar la RN N°9 que nos llevará a la Quebrada de Humahuaca y a conocer los principales yacimientos jujeños. Porque si en Tilcara encontramos el famoso pucará reconstruido, continuando el camino casi hasta la frontera con Bolivia es posible seguir viendo vestigios del pasado.
El pucará fue descubierto por el etnógrafo Juan Bautista Ambrosetti en 1908. En 1948, Eduardo Casanova completó la reconstrucción del sitio logrando que las ruinas se revelen tal como eran. El puesto fortificado, en realidad, era un punto de defensa y de vigilancia sobre el principal camino por donde se podía invadir la región. De hecho, por allí arribaron los incas y posteriormente los españoles, desde Perú. Sin embargo el complejo iba mucho más allá de la fortaleza, ocupaba 15 ha. y en su época de mayor desarrollo albergó a 900 personas.
En las proximidades de Tilcara se encuentran dos yacimientos más pequeños, los de Huichairas y La Isla. Un poco más al Norte surgen los sitios de Peñas Blancas, en Coctaca; y de Tres Cruces. Finalmente, el derrotero nos deposita en Abra Pampa y su yacimiento de Tabladitas, y en La Quiaca donde se sitúan las ruinas de Sansana.

Es imposible entender la diversidad y riqueza de los vestigios del Norte Argentino si no se acepta que la región fue un verdadero hervidero cultural. Los cronistas españoles calculan que en el 1600, la población originaria alcanzaba las 40 mil almas. Hoy en sus descendientes occidentalizados es posible distinguir algo de aquel pasado. O también puede verse en los pequeños altares coloridos de los cementerios donde cada fallecido recibe la extremaunción católica pero es enterrado a la usanza quechua.

EL MAM.

Todo el Norte Argentino está plagado de museos arqueológicos e históricos, pero si hay uno realmente especial es, sin dudas, el Museo Arqueológico de Alta Montaña (MAAM) de la ciudad de Salta. Allí se preservan las momias del Llullaillaco: en 1999 una expedición halló un sitio ritual en la cima del mencionado volcán. Se desenterraron los cuerpos de tres pequeños: la Doncella, el Niño y la Niña del Rayo. En realidad, no se trata de momias en el sentido clásico, como las de otras culturas (la egipcia, por ejemplo), donde tras perder la vida el cuerpo recibía un tratamiento especial para preservarse. Estos tres niños se momificaron de modo natural gracias a las condiciones de sequedad y temperatura del Llullaillaco.

La expedición desenterró a los niños, los condujo a la ciudad de Salta y erigió el museo que, a la vez, sirve de laboratorio para seguir investigando el hallazgo. Las momias son conservadas en refrigeradores especiales que reproducen con exactitud las condiciones ambientales en las que fueron halladas. Y lo mismo sucede con la vitrina de exposición. Como un modo de preservarlas no se las exhibe todas a la vez, sino que se muestra una a la vez y se las rota cada seis meses. Además de las momias en sí, se exhibe todo el ajuar que las acompañaba.

El hallazgo del Llullaillaco confirmó dos cuestiones interesantes. En primer lugar la realización de sacrificios humanos en las culturas andinas y, en segundo término, el carácter sagrado de las altas cumbres como punto de encuentro con las divinidades.

 

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